Genghis Khan y la inflación del atrofiado cromosoma Y
El sexo es un método de reproducción sumamente ineficaz, simplemente porque la producción de machos es un despilfarro ruinoso. No lo digo yo, lo dice Bryan Sykes en ‘La maldición de Adán’. Los machos son caros porque la competencia entre ellos consume mucha energía y su única posibilidad de reproducirse consiste en conseguir el rango superior.
Para una madre, la crianza de un macho requiere un esfuerzo extra y después de echar los hígados por él, lo más probable es que no consiga un nieto. En cambio, las hembras resultan más baratas pues, debido a su fenotipo ahorrador, desde su estado fetal exigen menos alimento a sus madres. Y encima se reproducen siempre. Sin embargo, los machos no sólo son los amos del cotarro sino que, además, nacen muchísimos. ¿Por qué acumular biomasa en forma masculina si la variedad genética está asegurada con los escasos machos que consiguen reproducirse? La naturaleza parece una madre de colmillo retorcido que se vale de todo tipo de marrullerías para favorecer a su niño mimado: el cromosoma Y.
Un grupo español del Instituto de Investigación en Recursos Cinegéticos descubrió que la cantidad y el tipo de leche que producen las ciervas, varía en función del sexo de su cría. Si eres un cervatillo macho, mamas más leche y con un 3% más de proteínas. Así, con todo el morro. El caso es que el fenómeno tiene sentido. Las madres apuestan por sus varoncitos porque, si consiguen que un hijo sea sultán durante una temporada, obtienen un rendimiento genético mucho mayor que si crían hijas.
¿Puede decirse, entonces, que el nacimiento de tantos machos es el resultado evolutivo de la maximización de los intereses reproductivos de las madres? Bueno, una madre jugadora apostaría por criar machos en condiciones de abundancia, porque los hijos, bien alimentados, podrían optar al puesto de macho dominante. En cambio, en épocas de escasez, con mala salud o en la vejez, apostaría por criar hijas, pues las hembras, aunque no estén en óptimas condiciones, se aparean siempre.
Pues eso, justamente, es lo que hacen. O. Wilson, confirma que, en muchas especies de mamíferos, las condiciones ambientales adversas para las hembras preñadas se asocian con un promedio desproporcionado de nacimientos de hijas. Las pobres madres no son las que lo deciden. El mecanismo más probable es la mayor mortalidad selectiva de los fetos masculinos, porque necesitan mucha inversión y por ello son más vulnerables a la escasez y mueren antes de nacer.
¿Y los humanos? La mayoría de los hombres son monógamos, y eso quiere decir que la fertilidad de un marido se ciñe, en teoría, a la de su mujer. La hembra humana, pues, no maximizaría sus intereses biológicos haciendo más hijos que hijas, pues ambas opciones le darían el mismo número de nietos. Pero el hecho es que, en condiciones naturales, nacen en el mundo 103,5 chicos por cada 100 chicas, como media. La mayor vulnerabilidad de los fetos masculinos y de los niños, junto con su mayor agresividad, explicaría, en parte, que nacieran más varones para cubrir las bajas.
Pero lo que no explica es por qué la proporción de nacimientos entre los sexos varía según las circunstancias. ¿Qué circunstancias? Pues, por ejemplo, que los recién casados sean propensos a engendrar varones, o que después de la Primera Guerra Mundial, incluso antes de que terminara la contienda, nacieran hasta 106 niños por cada 100 niñas en los países litigantes. Ni por qué ocurrió lo mismo en la Segunda Guerra Mundial.
La explicación que se daba habitualmente era que la naturaleza es sabia y que la avalancha de varones recién nacidos venía a reponer a los jóvenes muertos en la guerra. Y esto es una chorrada tirando a gorda, porque ni la naturaleza responde a los requerimientos de la sociedad en una sola generación, ni los varones nacidos después de una guerra pueden sustituir a las víctimas, ya que alcanzan la madurez cuando las novias y esposas de los soldados muertos son unas señoras que, si acaso, tuvieron que consolarse con el butanero. Bueno, pero entonces, ¿por qué demonios nacen más niños en esas circunstancias? Tiene que haber alguna razón biológica ¿no?
Pues sí. Se cree que el cromosoma Y, que es muy farruco, se vale de la testosterona para abrirse paso como sea y expandirse. Sykes cita un trabajo de William James de los años 90 donde se estudia el sexo de los hijos de los trabajadores varones de distintas profesiones. Para ello se dividen las profesiones en “femeninas” y “masculinas” según los criterios tradicionales. La conclusión es que tienen más hijos varones los profesionales de trabajos “masculinos”. La explicación, según James, reside en los niveles de testosterona, más altos en los trabajadores de profesiones “masculinas”.
Las hormonas lo explicarían todo. La práctica frecuente de sexo produce testosterona y los hombres recién casados suelen ser muy entusiastas. Durante la guerra y después de ella, aumenta el número de matrimonios y se practica el sexo con más frecuencia. Pero, además, las batallitas son, por esencia, una ocupación masculina que produce un montón de testosterona.
Si los grandes productores de testosterona tienen más hijos varones, debería confirmarse que los personajes históricos con una biografía violenta, tuvieron más descendencia masculina. Igualmente, los hombres que consiguieron poder y riquezas o, de alguna manera, lograron practicar el sexo con un número de mujeres significativamente mayor que los otros, deberían haber tenido más hijos que hijas, ¿no?
¡Pues sí! Durante toda la historia ha existido una relación entre el poder y prestigio masculino, la cantidad de descendientes, ¡y el sexo de éstos! Los legados genéticos de los fieros vikingos, los de los bárbaros que atacaron el Imperio Romano, o el de Genghis Khan, eclipsaron los genes de los tranquilos campesinos monógamos, mucho más útiles y viajan todavía en nuestros cuerpos hacia las generaciones venideras.
¿Hasta qué punto los violentos guerreros o los acumuladores de poder –y de mujeres– son responsables de que nazcan más niños que niñas? La descendencia de algunos de estos machos ligados a altas tasas de testosterona está bien documentada y censada. Por ejemplo, al rey Niall de Irlanda, que murió alrededor del año 455, le deben hoy día su cromosoma Y varios millones de hombres europeos y americanos (el 8% de la población masculina irlandesa, un buen número de escoceses, y entre dos y tres millones de varones de origen irlandés repartidos por todo el mundo). Mulay el Sanguinario, un sultán de Marruecos que nació en 1672 y vivió 55 años –demasiado sexo, quizá– tuvo 888 hijos de los cuales 548 fueron varones y 340 fueron mujeres.
B. Sykes contabiliza los hijos de otros hombres empapados de testosterona, por ejemplo, los presidentes de Estados Unidos. Pues bien, desde G. Washington hasta G. W. Bush arrojan un total de noventa hijos contra sesenta y tres hijas.
Uno de cada 200 hombres desciende de Genghis Khan
Hace unos años un equipo de científicos descubrieron que en distintas poblaciones humanas a lo largo de todo el continente asiático, desde el Mar Caspio hasta Corea, era muy frecuente un cromosoma “Y” muy particular que resultaba prácticamente idéntico en un porcentaje nada desdeñable de los varones estudiados.
Recordemos que en cada célula de nuestro cuerpo tenemos un genoma dividido en 23 pares de cromosomas de los cuales uno de ellos es el par de cromosomas sexuales, que, al igual que en los casos anteriores, tiene una procedencia mixta: uno de los cromosomas viene del padre y otro de la madre. Hay dos tipos de cromosomas sexuales. Uno es grandote y hermoso y se llama cromosoma X y el otro es una birria de cromosoma y se llama cromosoma Y. Salvo casos excepcionales que no vienen a cuento, las personas que tienen dos cromosomas X en su cariotipo son hembras, mientras que aquellas que tienen uno X y uno Y son machos.
Este párrafo de obviedades que todos sabéis sirve de paso para que os déis cuenta de que, así como todos tenemos algún cromosoma X, el cromosoma Y sólo lo tienen los varones y se heredan de padres a hijos sin ninguna modificación. Esto es algo excepcional: durante la formación de los gametos de uno y otro sexo siempre suele haber una recombinación, es decir, una mezcla de contenidos entre cromosomas del mismo par, que promueve que los genes se mezclen y se diluyan en las siguientes generaciones. Sin embargo, el cromosoma X y el cromosoma Y apenas cuentan con regiones donde realizar esa recombinación y por eso el atrofiado cromosoma Y pasa de generación a generación teóricamente intacto. Eso quiere decir que el lector que lea estas líneas, no sólo tiene un cromosoma Y exacto al de su padre, sino que muy probablemente es idéntico al de su antecesor por línea masculina que, digamos, triscaba por el mundo hace cientos y cientos de años.
Por aquello de completar, recordemos que igualmente hay una parte del genoma que es exclusivamente de herencia materna: el ADN mitocondrial. Las mitocondrias tienen un diminuto cromosoma circular. Todas las mitocondrias de nuestro cuerpo proceden de las que estaban presentes en el óvulo (y no del espermatozoide: las suyas se quedaron fuera tras la fecundación), así que, de forma análoga, nuestro genoma mitocondrial es teóricamente idéntico al de la madre de la madre de la madre, de la madre… Hasta llegar, según las teorías actuales, hasta la denominada “Eva mitocondrial” la africana que vivió hace unos 100.000 años y de la que descendemos todos los seres humanos del planeta.
Pero volvamos al asunto en cuestión. Decía que los científicos esos descubrieron un cromosoma Y muy singular, distinto al resto, que estiman presente en un 8% de los varones del continente. Como se trata de Asia, un continente con mucha, mucha gente, eso querría decir que estamos hablando de un 0.5% de la población mundial, o uno de cada 200 hombres. Por lo que sabemos de la herencia de ese cromosoma, y descartando otras posibilidades paralelas, la conclusión es que todos esos hombres son descencientes de un solo varón que, según muestra el estudio de las mutaciones acumuladas, vivió hace 700/1300 años.
Es muy probable que ese hombre fuese el mismísimo Temudjin, luego coronado como príncipe o Genghis Khan. Este señor no sólo conquistó una parte nada desdeñable de Asia que básicamente coincide con la ubicación del cromosoma de marras, sino que además llevaba a cabo una política un tanto peculiar de matar a los hombres y niños de los pueblos que conquistaba para luego conocer en la intimidad a unas cuantas féminas. Tal y como él afirmaba, su goce supremo era:
conducir a mis enemigos ante mí, despedazarlos, confiscar sus posesiones, ver las lágrimas de sus seres queridos y abrazar a sus esposas e hijas.
Si esta hipótesis fuese realmente así, podría decirse sin exagerar que Genghis Khan ha sido el hombre más prolífico de la historia… Sic transit gloria mundi.
vía Genghis Khan y el cromosoma prodigioso, La inflación del cromosoma Y y Hombres que dejaron huella.
Fuentes:
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Muy interesante, sí señor. Ciertamente el tema del cromosoma Y abre una guerra de sexos enmarcada en la ciencia. La naturaleza parece que biológicamente “programa” la generación de más machos puesto que en la sociedad primitiva eran los que asumían más riesgos (la caza, las luchas entre tribus, etc). Sin embargo, ahora que ese rol social ya no existe y las mujeres asumen parte del mismo (el equivalente evolucionado al siglo XXI), es extraño el retardo en la genética de adaptarse a ello. O quizá está enlazado con el predominio más y más progresivo de la homosexualidad (y esto habría que analizarlo), en el cual supongo que los niveles de testosterona son más bajos, aunque por otro lado, en principio tampoco ayuda mucho la línea reproductiva es algo disruptiva. Yo tengo la teoría de que la homosexualidad, siendo algo “extraño” en la naturaleza, tiene una explicación biogenética y evolutiva. Parece que frena la herencia del cromosoma Y, pero no favorece tampoco la combinación XX…
Información Bitacoras.com…
Valora en Bitacoras.com: El sexo es un método de reproducción sumamente ineficaz, simplemente porque la producción de machos es un despilfarro ruinoso. No lo digo yo, lo dice Bryan Sykes en ‘La maldición de Adán’. Los machos son caros porque……
La relación sería: A más testosterona, más varones. La testosterona es una prohormona y cuanto más sexo se practica, más se produce, por lo tanto, los hombres más activos sexualmente, en teoría, favorecerían la generación de más hijos varones.
A partir de esto, se pueden producir teorías… Si suponemos que los hombres homosexuales son, y perdón por la generalización, más promiscuos, en principio y según la teoría, engendrarían, en el caso de reproducirse con el sexo opuesto, más varones.
A mí lo que me parece sorprendente son dos cosas:
- El cromosoma Y apenas varía entre generaciones. Los cromosomas Y de mis células son los mismos o casi, de mi tataratataratatarabuelo.
- El cromosoma Y es una piltrafilla que apenas aporta información genética.
Mi teoría es que los machos de las especies sexuadas son simplemente un “mal menor” o un pequeño factor de caos necesario evolutivamente para que las hembras no se copien a sí mismas, y favorecer la diferenciación generacional en pos de una variedad defensiva contra un supuesto agresor.
Es decir, las hembras poseen la “información” y capacidad suficiente para copiarse a ellas mismas, pero, si esto fuera así, desde el punto de vista evolutivo, un agresor (vírico, por ejemplo), acabaría con toda la especie.
Por lo tanto, la evolución crea una variedad imperfecta, sin apenas información genética, pero que sirve para realizar las pequeñas mutaciones que protegen a la especie…
Compañero, sólo somos el producto de una imperfecta copia del poderoso cromosoma X
Cierto, cierto. Interesante la teoría. Osea que nosotros los hombres somos los que protegemos a la especie, mientras que las mujeres serían las que dotan de sentido genéticamente a la misma. Pero, aparte de las mutaciones, el desnivel de proporciones actualmente me sigue sin cuadrar. ¿Porqué la naturaleza necesita más machos actualmente? ¿es una entropía necesaria para favorecer las mutaciones protectoras? ¡Que apasionante tema es este de la genética! A ver si me vuelvo a leer “el gen egoísta”…
Porque, por el gen egoísta que citas, se favorece a quien tenga más posibilidades de sembrar código genético.
Como cito en mi artículo:
“[...] una madre jugadora apostaría por criar machos en condiciones de abundancia, porque los hijos, bien alimentados, podrían optar al puesto de macho dominante. En cambio, en épocas de escasez, con mala salud o en la vejez, apostaría por criar hijas, pues las hembras, aunque no estén en óptimas condiciones, se aparean siempre. [...] las condiciones ambientales adversas para las hembras preñadas se asocian con un promedio desproporcionado de nacimientos de hijas. Las pobres madres no son las que lo deciden. El mecanismo más probable es la mayor mortalidad selectiva de los fetos masculinos, porque necesitan mucha inversión y por ello son más vulnerables a la escasez y mueren antes de nacer. [...] La hembra humana, no maximizaría sus intereses biológicos haciendo más hijos que hijas, pues ambas opciones le darían el mismo número de nietos. Pero el hecho es que, en condiciones naturales, nacen en el mundo 103,5 chicos por cada 100 chicas, como media. La mayor vulnerabilidad de los fetos masculinos y de los niños, junto con su mayor agresividad, explicaría, en parte, que nacieran más varones para cubrir las bajas.”
Ya, ya, pero me parece insuficiente esa explicación. La testosterona no tiene porque necesariamente exponerte a un mayor riesgo de mortalidad. De hecho es una herramienta de defensa ante los riesgos mortales. Y por esa regla de tres, precisamente es el sexo femenino el que estaría más indefenso por tener menos testosterona. y necesitaria el dato de si, en el tercer mundo, nacen más niñas que niños.
No es la testosterona, es el cuerpo del varón el que es más débil, hasta que se desarrolla.
Además, un feto varón consume más recursos de la madre que una hembra, por lo tanto, seleccionarlo es una apuesta a que ese feto engendrará más. Genéticamente es un gasto, por eso sólo se paren más varones en épocas de abundancia.
Y sí, ahora no sé dónde lo he leído, pero en lugares subdesarrollados nacen más niñas que niños.
[...] ‘The Mongoliad’, la última epopeya colaborativa de Neal Stephenson y el futuro de la edición Archivado en: Internet — 1 comentario 14/09/2010 El 1 de septiembre se consoló la inquietud que le queda a todo fan de Neal Stephenson cuando termina la última novela: “¿Sobre qué escribirá la próxima?“. Fast Company, Salon, y unos cuantos ecos hicieron oficial lo que IO9 predecía desde mayo: se trata de otra epopeya en el Foreworld o mundo paralelo/alternativo del siglo XII en el que los europeos empezamos a llevar en nuestro código genético un cromosoma de Gengis Kan (como pasa en esta realidad con 1 de cada 200 hombres del planeta). [...]