Viaje a Vietnam (III): Hoi An y My Son

La luna en su noche legendaria de Hoi An
Pachy en una terraza en My Son

En la siguiente etapa de nuestro viaje, fuimos a Hoi An en busca de su noche legendaria. Un rito que celebra todo el pueblo todos los meses en la mitad del ciclo lunar, siguiendo la tradición budista. Consiste en abrir todos los templos y casas de los antiguos pobladores franceses a todo el público todo el día y parte de la noche, conciertos de música gatuna, decorar todo el pueblo con farolillos, hacer ofrendas de alimentos, incienso y flores en los templos, y decorar el río con velas flotantes imitando flores de loto de colores. Todo muy bonito, la verdad.

El calor y yo

Pero antes de esta belleza que nos esperaba, nuestro karma nos tendría que hacer pagar por adelantado el precio de pasar por un aeropuerto local. Cómo os lo explicaría… Olvidaos de los rigores de un aeropuerto normal. Ni quitarte el cinturón, ni las zapas, ni ná. Además, el tiempo para recoger las tarjetas de embarque y dejar las maletas finaliza hasta cinco minutos antes de que salga el vuelo, con la peculiaridad de que los vietnamitas no respetan las colas. Quiere esto decir, que si tú haces cola enfrente del mostrador de embarque, seguramente alguien se te cuele, pero no pasa nada, tú te cuelas a su vez y tan tranquilos todos. Donde fueres haz lo que vieres. Por cierto, para vuelos internos, mejor Vietnam Airlines que JetStar.

El interior de un templo sintoísta en Hoi An

Desde el aeropuerto de Da Nang, un taxi contratado por el hotel nos llevó al susodicho, y durante el trayecto pudimos comprobar que:

- En la única autopista de Vietnam (la Nacional 1), los carriles de circulación son opcionales (bueno, como en todo Vietnam…) Si hay sitio para pasar en plan kamikaze por el carril contrario, ¿por qué no lo vas a usar? El camión que viene en dirección directa de colisión frontal contra ti, ya te habrá visto y se apartará para dejarte paso, aunque sea por milímetros. Lo mismo vale para cruzar de acera siendo peatón. Lo mejor es no mirar e ir cruzando poco a poco y sin pararse. Los que te podrían atropellar, te ven y se apartan, aunque si te pinchan no sangres del miedito.

Pachy y el Niño en la piscina del hotel. Nuestra habitación, justo encima, la de la cortina azul

- El turismo se está extendiendo por Vietnam más que el moho sobre un yogur caducado… Decenas de resorts y hoteles se construyen a lo largo del trayecto del aeropuerto hasta Hoi An… Así que si pensáis ir, hacedlo cuanto antes: En unos años dará un poco de asquito y no se diferenciará nada de lo que ahora es (por lo que me cuentan) Tailandia.

Y llegamos a Hoi An… 38 grados con humedad del 95% = Sensación térmica de 55 grados… Lo suficiente para cocerme el cerebro y dejarme imbécil si me exponía demasiado al calor. Pero imbécil de verdad, en plan disminuido psíquico. El horror… Así andábamos, recorriendo lugares con aire acondicionado y refrescándonos continuamente.

Café 96… Ñaammmm…

Hoi An es un pueblecito al lado de un río con 500 o más sastrerías, tiendas de ropa, arte y antigüedades, pero donde reside su mayor riqueza, a mi parecer es en la comida. Y llegados a este punto, he de decir que el Cafe 96 es un “must eat”. En mi vida he comido pescado más rico y fresco. Un filete de atún con especias envuelto en hoja de plátano y cocinado a la plancha que se te caían las lágrimas de lo bueno que estaba. Tan rico que allí hicimos cuatro comidas, por no probar otros restaurantes.

En cuanto al bar, pues bueno, parece que se cae a trozos, pero ese es su encanto. El dueño nos comentaba que todos los años las casas de la vera del río se inundan (en 2007 llegó al techo), y lo que hacen es… mudarse al piso de arriba y salir en barca. Claro.

Esta forma de ver la vida tan conformista, no hace que los vietnamitas sean unos dejados fatalistas que se estén lamentando continuamente de las desgracias, sino al contrario, las cosas son así, y así hay que vivir con ellas. Nada de lamentos.

¿Y la noche legendaria? Pues una pasada de bonita, la verdad… Las fotos lo contarán mejor que yo. Los templos impresionantes, el puente japonés una pasada, las casas antiguas preciosas… Lo único malo de Hoi An es que es ya casi demasiado turístico (y lo que le queda), y bueno, el calor… Apuff…

Un lingam en My Son

Nuestro hotel en Hoi An, el Green Field, no estaba nada mal. Las recepcionistas del hotel se mostraban demasiado amables conmigo y con el Niño, al punto de querer seducirnos con piropos de los que, afortunadamente, no me enteré hasta la vuelta. Internet gratis hasta las 22 h. Aire acondicionado a tope toda la noche y desayuno con buffet libre en el que si querías te hacían una tortilla francesa en el acto que te morías del gusto. Lo único raro era la puerta de nuestro armario, que hacía un ruido al abrirse semejante al del ataúd de Drácula si no lo engrasas en 500 años…

Una de las casas antiguas era un museo de la guerra

Desde este hotel, la chica que nos había gestionado la reserva (su nombre sonaba algo así como Chan Pu) nos contrató un tour a las ruinas de My Son, un antiguo monasterio hinduista situado en las montañas y al que hay que acercarse a eso de las 5 de la mañana si no quieres acabar más cocido que Anacleto en el desierto de Gobi.

Es una pena que los americanos pensaran que durante la guerra de Vietnam, allí se escondían sus enemigos, porque gracias a ellos, está todo que da pena… Pero bueno, lo que dejaron en pie merece la visita.

Y de vuelta al hotel a por más piscina, de compras al pueblo de Hoi An, y al día siguiente, al aeropuerto de Da Nang de nuevo… Próxima etapa: Hanoi y Sapa.

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4 comentarios

  1. Rusti

    que guay Dani, que viaje más guay

  2. Sí tío, cógete unas vacaciones y ve cuando puedas, hay cosas que merecen mucho la pena :-)

  3. Pachy

    Nunca vas a terminar esta crónica???? :( buuuu buuuuuu

  4. Sí, en cuanto cambie el blog

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